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Lunes, 20 de julio de 2009

C:\ >Un relato en el MATE

Escrito por María Fernanda Caccaviello, coordinadora del Centro MATE Buenos Aires y poeta de la Red.

Imagine lo siguiente: camina usted muy tranquilo por la vereda. Se dirige a su casa, al trabajo, al encuentro con un amigo tal vez. Supongamos que va silbando una bonita canción y no está prestando demasiada atención a su entorno.

Ahora considere esto, ¿qué me diría si al doblar la esquina se encuentra con la enorme boca de una red que viene a toda máquina dispuesta a tragárselo?. Me diría que estoy loca, claro está, pero ponga un poco de voluntad, amigo mío. Y créame, estás cosas pasan.

Ahora bien, dejando entonces un poco de lado sus inseguridades y considerando tal infortunio como una posibilidad, suponemos entonces que cambiaría despavorido de dirección y correría buscando refugio porque, recordemos, la boca gigante de una red avanza hacia usted dispuesto a tragarlo.

Corre y gente a su paso se suma a la carrera. Coches y colectivos. Todos huyen de esta extraña amenaza. Los primeros en caer son los reporteros ávidos de información, luego las autoridades, los valientes cazadores, los curiosos por afición.

Pero usted jamás fue uno de esos, lo sabemos. Usted, el hombre común que caminaba silbando bajito por la vereda quiere escapar y lo intenta con todas sus fuerzas mientras la obstinada red lo persigue cada vez más rápido dejando a su paso casas y árboles como un huracán –o eso es tal vez lo que usted, envuelto en terror, cree percibir-.

Sin embargo al llegar a una avenida el caos parece apaciguarse, ya nadie lo persigue. Es extraño pero inevitablemente se tranquiliza. Camina otra vez, cree que el corazón saldrá de su pecho agotado. Llega a mitad de cuadra y hasta comienza a dibujarse en sus labios la vieja melodía. Mira hacia el asfalto. Nadie. Es comprensible, tal vez usted sea el único que ha logrado escapar. Está levantando ambos brazos en un gesto triunfal, cuando llegando a la siguiente esquina la gigante boca de la red lo traga.

Jodido –piensa-. Qué jodido.

Inmediatamente descubre que las calles son iguales a las de afuera. Tanto lío para ésto. -Y sí-. Se pregunta si adentro es una réplica de afuera, si es que la red ya alcanzó todo o incluso si todo era en realidad la réplica misma de la red.

Así que explora. Imagine que camina, que pasea. El barrio es igual. Pero de pronto logra distinguir los límites del cielo. Las paredes de la red, piensa. Claro.

Y entonces lo ve.  Son personas. La red es un tejido de nudos humanos. Personitas agarradas de las manos y los pies. Increíble. No eran marcianos –pero no, che ¡sea más realista!-.

Siente miedo, lógico. Pero al cabo de unas horas se acostumbra.

Supongamos ahora que hace unos meses que se encuentra dentro de esta red. Conoció gente y trabajó duro. Aprendió cosas, hizo amigos, convivió en el mundo –difícil eso eh-.

Es normal que aún en esta instancia sienta dudas, uno no acepta tan fácilmente que una red de gente lo chupe y atrape para siempre.

Me pide ayuda, entonces. Y mire, lo único que podría decirle al respecto es que ésto no es ni una réplica ni un pedazo de la realidad. Es simplemente una forma. Un ensayo de un mundo más justo, si me permite la opinión. La red iguala. La red libera, -mire que paradoja me salió-.

Entonces entendería –entiende- que si la red busca es porque necesita. El enorme manto viviente necesita crecer más. ¿Más?. Sí, más. Hasta cubrirlo todo. Para que todos seamos nudo. Todos, siendo el nudo de una red. Una red que cuando alcanza incluye. (Es lógico el término, a ver si me entiende bien). Si se suelta solo uno se desarma. ¿Le sirve lo que le digo?. De todas formas sé que antes de llegar a mí le han explicado muy bien de qué se trata ésto.

Bien, dígame que espera ahí sentado fantaseando.

Un par de manos por un lado y un par de pies por el otro lo esperan.

                                     


Publicado por PablolTFL @ 21:49 | 0 Comentarios | Enviar